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Toyota GT86 R3

Toyota vuelve a los rallys tras 15 años de ausencia en la modalidad. Lo hará con el GT86 CS-R3, que ya es muy divertido de conducir en su versión de calle, merced a su propulsión trasera, algo que apenas se estila ya en esta modalidad de competición, copada de vehículos de tracción delantera o de cuatro ruedas motrices. Sin embargo, es algo que muchos aficionados, entre los cuales se incluye el que redacta estas líneas, anhelamos en tanto a que a día de hoy posiblemente es la única forma de devolverle esa ‘salsa’ a los rallys.

Por: Enrique Canivell

¿Podría en su vuelta a los rallys devolver el espectáculo con la tracción trasera de su GT86?
Toyota vuelve a los rallys tras 15 años de ausencia en la modalidad. Lo hará con el GT86 CS-R3, que ya es muy divertido de conducir en su versión de calle, merced a su propulsión trasera, algo que apenas se estila ya en esta modalidad de competición, copada de vehículos de tracción delantera o de cuatro ruedas motrices. Sin embargo, es algo que muchos aficionados, entre los cuales se incluye el que redacta estas líneas, anhelamos en tanto a que a día de hoy posiblemente es la única forma de devolverle esa ‘salsa’ a los rallys.

Y es que con chasis, suspensiones, neumáticos y tracciones integrales tan evolucionadas, junto a las limitaciones de potencia que impone la Federación Internacional del Automóvil (FIA), el espectáculo se ha visto gravemente perjudicado. Que me corrijan si me equivoco, pero creo que a nadie que ame este deporte le gusta ver cómo un coche de rallys atraviesa una carretera sin ni siquiera insinuar la zaga, sin que el piloto tenga que luchar contra la máquina para meterla en vereda.

Ahí es donde entra Toyota que, por cierto, con su GT86 CS-R3 se convierte en el único coche de tracción posterior que ha conseguido la homologación de la FIA en el siglo XXI y, aunque su orientación tiende a ser para categorías más modestas como la R3 de dos ruedas motrices dado que su motor atmosférico de 2.0 litros bóxer de origen Subaru entrega una potencia de ‘solo’ 232cv, tendría la posibilidad de correr en pruebas del Campeonato del Mundo (WRC) aunque evidentemente no sería competitivo contra coches con propulsores turbo de 300cv con mayor par motor y tracción integral.

Así las cosas, la marca japonesa no disponía de un coche homologado para correr en rallys desde 1999, con aquel Corolla WRC que todos los aficionados de este deporte recordaremos cómo le negaba el título mundial de 1998 a nuestro mejor piloto español de la historia en esta disciplina, Carlos Sainz, quien veía todo el trabajo de una temporada esfumarse a 500 metros de la meta de la última prueba, el rally de Gran Bretaña. Solo tenía que acabar en cuarta posición pero al motor se le fue “una biela por el costado”, según reconocía el madrileño. Nadie olvidará tampoco el triste “trata de arrancarlo Carlos” de su copiloto Luis Moya, impotente y desesperado ante tal amargo desenlace.

Toyota GT86 R3

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Posibilidad de sentar un precedente
Pero volviendo al tema, y sin dejar de lado las nostalgias de los que sentíamos pasión por una modalidad de la competición muy venida a menos desde el punto de vista del aficionado, el GT86 aviva las esperanzas de ver si otros fabricantes con vehículos compactos y ligeros de tracción trasera se animan a ofrecer una variante para correr en la categoría R3, como por ejemplo podría ser el actual BMW 118i, que cuenta con un motor 1,6 turbo que entraría dentro de la normativa. Con vehículos juguetones de la parte trasera quizás se pudiera volver a atraer a parte de la afición y que la FIA tomase nota de ello para aplicarlo a los WRC.

Porque lo que está claro es que si queremos emociones fuertes con tracción total solo vale permitir más potencia y eso conlleva más riesgos para los pilotos. Algunos recordaremos los Grupo B de los ’80 como la época dorada de los rallys, que también fue la más peligrosa y mortal. Solo hay que remontarse a la muerte del finlandés Henri Toivonen a los mandos de un Lancia Delta S4, que superaba los 500 cv y pesaba menos de 900 kg, cuando se salió de la carretera en el Tour de Corse en 1986 y su bólido explosionó contra un árbol. Aquello supuso el fin de los espectaculares máquinas del Grupo B pues la FIA prohibió la categoría.

A partir de ahí se ha ido de más a menos. Si bien en el paso a los Grupo A, categoría en la que la mayoría equipaba tracción integral, todavía uno se podía divertir; porque los coches derivaban directamente de modelos de calle, con las limitaciones a nivel de chasis que ello conllevaba y en una época en que suspensiones y neumáticos no estaban tan desarrollados, lo que permitía que el espectáculo estuviera servido con los Lancia Delta HF Integrale, Toyota Celica, Subaru Impreza, Mitsubishi Lancer EVO o el Ford Escort Cosworth, entre otros.

Siempre diré que hay veces que menos es más. En aquella época corría también BMW con su M3 E30, con un motor aspirado de poco más de 300cv, que aunque quizás no fuera el más efectivo su propulsión lo hacía divertido a ojos del espectador. Otro punto a favor de la tracción trasera es su simplicidad frente a los 4×4, que conlleva una mayor fiabilidad y un menor coste, lo que dentro de lo que cabe reduciría distancias entre equipos más potentes y los más modestos. La menor efectividad de los coches dejaría entrever en mayor medida la habilidad de los pilotos –que volverían a ser protagonistas– y, sobre todo, un espectáculo más atractivo que, en definitiva, es lo que todo aficionado desea. Bravo por Toyota y su GT86.